'La ética empresarial es vernos primero como personas': Lukangakye

Un exmusulmán y exsacerdote católico del Congo habla del tema.

Foto: El Tiempo
Domingo 27 de Octubre del 2013

La empresa privada en Colombia está intensificando y perfeccionando un camino que comenzó a explorar hace algunos años, sobre la educación moral y la ética. Una de esas empresas, Bavaria, acaba de realizar un foro sobre ética empresarial.

Fue sobresaliente la exposición hecha por Kitimbwa Lukangakye del Congo. Es licenciado en teología y en ciencias de la educación de la Universidad Pontificia Salesiana, en Roma. Tiene un diplomado en filosofía y otro en sicopatología y terapia existencial. Fue musulmán. Se retiro del islam y abrazó la fe católica. Ingresó a un seminario y se ordenó en el Congo como sacerdote. Ejerció durante 9 años y renunció porque se sentía “absolutamente asfixiado” por cosas en las que no creía.

¿Qué es la ética empresarial?

Antes de la relación laboral entre patronos y trabajadores, el empresario tiene que ver al ser humano que va a emplear, y el trabajador, ver humanamente a quien lo va a emplear. Tienen que verse como seres humanos. Víctor Frankl, padre de la logoterapia o sicología existencial, decía que si a un nivel somos paciente y terapeuta, somos jefe y subalterno, al nivel del ser los dos somos personas humanas. La ética empresarial es eso: vernos primero como personas, como humanos en búsqueda de crecimiento, y después vernos como uno que emplea y otro que trabaja.

¿Y el concepto general de la ética son los principios y las normas morales?

Eso es muy válido, pero como segundo paso. Para mí, lo segundo es consecuencia lógica de lo primero. La verdadera ética, por lo menos desde la etimología, es el arte de hacer de nuestras relaciones un lugar donde crecer; es la inversión en una buena relación con uno mismo y con los demás. Cuando hay esto, la conducta humana es sana, es –digámoslo coloquialmente– “no hacer esfuerzo para portarme bien”. Portarme bien es una consecuencia lógica de cuidar la relación sana, o por lo menos no enferma, conmigo y con los demás.

¿Éticamente, para un empresario qué es el trabajador y para el trabajador qué es el empresario?

Ahí tenemos todavía mucho que hacer. Hoy, para un trabajador, el empresario es el jefe, quizá el rico al que le sirve. Me parece que esa mentalidad habría que cambiarla. Quien me da trabajo es un hermano; es una persona como yo, que me está dando la posibilidad de ser yo, de producir más. Los italianos al trabajo le dicen laboro, que se traduciría labor. Y laborar es crear antes que producir cosas. Y para el empleador, en lugar de ver a su empleado como “una persona menor, como una pieza que me faltaba”, debe verlo como otro hermano, una persona a la que yo le puedo ser útil en su tarea de crecimiento, de ser persona a través de lo que hace. No soy “lo que hago soy yo”, sino “yo voy creciendo a través de lo que hacemos él y yo”. Yo tengo un solo empleado: la señora que me ayuda en casa. Su condición económica es más baja que la mía; en lo económico somos diferentes. Es una mujer con poco estudio. Pero ella sabe que es la abuela de mi hijo, es parte de mi familia; a veces, la considero como la saga de la familia. Para mí, la ética es eso: verla como mi empleada, sí, pero verla primero como una persona humana. A veces invitamos a su familia a la casa a compartir, y vamos a su casa. Para mí, eso es la ética.

¿Pero cómo puede humanizarse la relación entre patrón y trabajador?

Creando lazos de hermandad. Hay que cuidar también los roles, por supuesto, siendo hermanos. La primera relación del ser es de hermandad: el trabajador pertenece a mi comunidad. Mire: la palabra trabajo tiene un origen muy desafortunado: viene de tripalium. Eran tres palos donde encajaban al esclavo para azotarlo sin que pudiera defenderse. Entonces, ir a trabajar era ir a sufrir.

Pero no podemos cambiar la palabra ‘trabajo’.

Desgraciadamente, no. Pero podemos cambiar el sentido de la palabra ‘trabajo’. En el trabajo, crezco como persona; mi trabajo no me quita, me da; mi trabajo me cansa, sí me cansa, pero me da energía porque es más labor, más creatividad.

¿Quién tiene la mayor responsabilidad en el cambio de la mentalidad: el empresario o el trabajador?

Los dos. Puede empezar el empleador porque tiene un lugar de poder; puede iniciar el trabajador porque ayuda mejor (con) su creatividad. Nuestro héroe nacional en el Congo se llamaba Patrice Lumumba. En los años 60 fue famoso. Él decía que la libertad no se pedía ni se regalaba; había que pelear por ella. Creo que el empleado también debe cambiar su cultura de sentirse menos por ser empleado. La palabra trabajo tiene una energía de esclavización que no debe ser.

¿Usted desde qué edad trabajó?

Desde los 6 años, fabricando adobe en el Congo. A esa edad capté que era huérfano. Mi padre había muerto cuando yo tenía dos años y medio, y mi madre había sido repudiada porque no quiso casarse con mi tío cuando enviudó. La cultura nuestra impone que, al enviudar, la mujer tiene que casarse con un hermano de su marido. Mi madre no lo aceptó y la expulsaron. La repudiaron. La perdí durante 14 años. La vi por primera vez cuando tenía 17 años.

¿Cómo logro sobrevivir?

Yo mismo no lo entiendo. Era muy pobre. Tenía chance de comer una vez cada dos días. Eso era estar bien. Siempre heredé ropa de los más grandes. Sufrí mucha miseria. Fabricaba adobe, cortaba paja, arreglaba zapatos. Mis primeros zapatos los tuve a los 15 años. Me fui llenando de mucho resentimiento. Era musulmán, era pobre y era negro. En el pueblo había unas blancas católicas. Una de ellas fue mi maestra y mi profesora de español. Ella encontró manera de ayudarme a ampliar mi mentalidad, de erradicar mi odio. La monja abre mi mente y siento que sí puedo luchar contra la pobreza. Me dije: “Mi familia fue pobre, yo fui pobre, pero puedo soñar que puedo no ser pobre”. Entonces me meto a estudiar y comienzo a dejar de ser pobre: ya estudiaba.

¿Estudiar qué?

Estudio primaria y secundaria. Eso me amplió la mente y me hizo ver otra cosa. Comienzo a leer día y noche sobre otros continentes y comienzo a soñar que el mundo no está reducido a mi pueblito. Con la monja como mi guía y mi educadora, me apasiono por ir al seminario.

¿Al seminario?

Sí. Me convierto. Me bautizo. Pero para mí ser católico ya no era suficiente, yo quería ser sacerdote. Logré entrar al seminario. Estudio teología, estudio filosofía y me ordeno sacerdote católico. Ejercí durante nueve años en parroquias de Congo, Camerún, Italia y México.

¿Por qué se retiró?

Poco a poco, en el sacerdocio me siento ahorcado. Había unas explicaciones en la Biblia que ya no compartía. Sentía que no tenía la misma libertad de salir a trabajar. Le dije al papa Juan Pablo II que quería retirarme, que había sido soldado raso y quería volver a serlo. No sacerdote.

¿Qué lo hizo sentirse asfixiado?

Todo el tema del pecado, del infierno. Me sentía manipulado. Todo el tema de portarse bien para ir al cielo; yo lo sentía como un discurso para niños, no para adultos. El tema de Dios castigador.Ya no me cabía ese tema: para mí, Dios es padre y nos quiere a todos y le duele mucho que no nos portemos bien, pero el cielo es mi casa, no hay infierno; para mí, el infierno es el que tú traes a ti mismo. Entonces empiezo el conflicto con unas ideas que ya no compartía y le pido al Papa autorizar mi retiro. Pero sigo ayudando y sigo siendo católico. Cuando dejo el sacerdocio, sigo formándome como logoterapeuta, obtengo una maestría en psicoterapia y espiritualidad, y también me dedico a acompañar personas como terapeuta. Fuera de la institución, siento que ayudo mejor a la Iglesia. Un filósofo decía: hay cosas que tienes que hacer desde adentro, pero hay cosas que tienes que hacer solamente desde afuera.

¿Usted cree que esta situación que afronta hoy la Iglesia católica es modificable?

Siento que sí es posible, pero van a pasar muchos años. Son tradiciones tan arraigadas que pelear con eso es destruirse, pero yo sí tengo esperanza porque hay sacerdotes que tienen mentalidad nueva; el mismo Papa ya está cambiando, pero creo que eso va a llevar años. Yo estoy confrontándome con sacerdotes homosexuales que aún no pueden declararse homosexuales, pero son los mejores sacerdotes que conozco. Pero la Iglesia aún no los acepta bien así, tienen un ojo cerrado.

¿Usted es hoy terapeuta de familia?

Sí. Me casé con una rubia argentina muy bella. Tengo un bebé de dos años y una niña africana adoptada que ya hoy tiene 18 años. Estudié teología, filosofía, ciencias de la educación, logoterapia, terapia existencial y psicoterapia y espiritualidad.

¿Cómo conquistó a su esposa?

Ella es argentina. Es judía. Yo soy negro; ella es blanca. Yo soy un poquito feo, ella es guapa. Nos conocimos por Skype y después viajé a la Argentina, para conocernos un poquito más, y como yo no tenía pasaporte en esa época, ella tuvo que venir a México donde yo vivía. Convivimos dos años y luego nos casamos.

¿Siendo usted negro y ella blanca, comenzaron bien la relación?

Se inició como relación de enemigos. Poco a poco la fui sanando. Nos reuníamos con una terapeuta de pareja, y eso nos ayudó y nos está ayudando aún muchísimo, porque todavía tenemos problemas, de vez en cuando. Pero ya sabemos más o menos por dónde es el problema

¿Y tienen hijos?

Tenemos un hijo; yo tengo una hija por mi lado que adopté cuando tenía cinco años.

No preparamos el matrimonio

¿Cuál es la gran queja de las parejas hoy?

“Somos muy diferentes”. Esa es la gran queja. Yo les ayudo a entender que el problema no es ese, sino que cada uno llega al matrimonio sin haber trabajado su historia. Nos preparamos para la boda, pero no para el matrimonio. Y no hablo de los cursos que dan las iglesias, que los siento como un trámite.

¿Qué es prepararse para el matrimonio?

Tratar los temas cerrados. No confundir a la esposa con la madre. Sanar el espíritu, y eso solo se logra eliminando la carga del pasado.

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO